Irán y Estados Unidos se enfrentan esta tarde en el desenlace del grupo B de la Copa del Mundo. Un partido con un gran condimento geopolítico. Ambas selecciones se enfrentaron hace 24 años, en un encuentro cargado de tensión. Escribe Juan Manuel D’Angelo.

Este martes, Irán y Estados Unidos se vuelven a encontrar en una Copa del Mundo tras 24 años de espera, aunque su actualidad futbolística mucho dista de aquel partido histórico de Francia 1998 en donde el único atractivo pasaba por el condimento geopolítico. Aquella vez en Gerland, ninguna de las dos selecciones prometía llegar demasiado lejos en el certamen, pero en esta ocasión, tanto yanquiscomo persas están con chances concretas de acceder a la siguiente ronda. Después de la goleada que le propinó Inglaterra en el debut, Irán pudo recuperarse con una inesperada victoria ante Gales, mientras que el Team USA rescató dos empates ante sus rivales del Reino Unido, demostrando una vez -por si todavía hacía falta- que el fútbol ya no es el deporte del futuro en la tierra del Tío Sam sino que tiene presente. Y uno muy bueno.

Ahora bien, la cuestión política sigue jugando un papel importante en este match. Desde mediados del mes de septiembre, Irán se encuentra inmerso en una ola de protestas populares inéditas, quizás las más grandes desde el derrocamiento del Shah en 1979. Las manifestaciones comenzaron con el asesinato de Mahsa Amini, una joven de 22 años que, tras ser detenida por la policía de la moral de Teherán por no usar el hiyab y ser enviada a un centro de reeducación, fue declarada muerta tres días más tarde en un hospital de la capital. Aunque al principio el estado teocrático iraní intentó desviar la atención del hecho, pronto quedó en evidencia que la Amini murió en manos del aparato represor estatal.  Desde ese momento, las marchas han ido en aumento en más de 40 ciudades del país, así como también los enfrentamientos policiales y las muertes producto de estos choques. La selección iraní no ha sido ajena a estas cuestiones y, aún a riesgo de poner en peligro su integridad y la de sus familiares –se dice que hay miembros de la fuerzas de seguridad informando al gobierno de todo lo que sucede en la concentración del equipo en Qatar-, los futbolistas han realizado declaraciones en apoyo a los manifestantes así como también demostraciones antes de los encuentros. También viejas glorias del seleccionado nacional como el histórico goleador Ali Daie han manifestado su adhesión a las protestas.

Como era de esperarse, estas protestas también tuvieron resonancia en Occidente. Desde la plástica solidaridad de plásticas estrellas del espectáculo que, como siempre, banalizan todo desde las redas hasta el pedido de exclusión de la selección iraní de la Copa del Mundo por parte de los trasnochados de siempre. Incluso en estas horas, periodistas de Occidente le preguntan una y otra vez al entrenador Carlos Queiroz que se siente entrenar para un régimen que odia las mujeres, a sabiendas de que el portugués no solo no está en condiciones de dar una respuesta honesta, sino que además apoyó 100% a sus jugadores e incluso luchó hasta último momento para que la federación (y el gobierno) no intentaran digitar a los convocados según sus preferencias políticas.

La revolución

El 4 de diciembre de 1997 se realizó en la ciudad de Marsella el sorteo de los grupos para la Copa del Mundo Francia 1998. En lo que usualmente es una ceremonia protocolar en donde los entrenadores y presidentes de las federaciones participantes saben finalmente quiénes serán sus primeros rivales en el certamen se vivió un momento de cierta tensión cuando quedó determinado que Irán y Estados Unidos compartirían la Zona F. Si bien es cierto que en algún momento de su historia los Norteamericanos tuvieron conflictos con todos los integrantes de su grupo (Alemania y Yugoslavia completaban la zona), la disputa contra Irán era la más candente. Pese a no haber entrado nunca en guerra abierta, yanquis y persas tenían un largo historial de enfrentamientos políticos.

En 1953, un golpe de estado que contó con el apoyo del Shah y fue orquestado por la CIA y el MI6 británico derrocó al Primer Ministro Mohammad Mosaddeq después de que este haya avanzado con la nacionalización de los yacimientos petrolíferos que estaban en poder de la Anglo-Persian Oil Company. La complicidad del monarca con el alzamiento no fue casual. Después de que su padre, Reza I, se mostrara partidario a las fuerzas del Eje, desde su asunción como Shah Reza II se encargó de demostrar su total alineamiento con Occidente. En el soberano convivían el deseo de modernizar su nación –para esto el deporte era un pilar fundamental al punto de soñar con organizar un Juego Olímpico- y la opulencia y el deseo de acumular riquezas, las cuales disfrutaban él y su sequito (tras su muerte en el exilio un año después de ser despojado del poder por la revolución, se calculaba que su fortuna ascendía a 20,000 millones de dólares). En menor medida, la pequeña clase alta iraní disfrutaba de iguales privilegios, los cuales contrastaban con los altos índices de pobreza y mortalidad infantil.

Para 1977, la protección de Estados Unidos no fue suficiente y las marchas comenzaron a sucederse por todo el territorio iraní. Finalmente, la mecha de la revolución se encendió el 8 de septiembre de 1978 cuando las fuerzas del Shah reprimieron violentamente una manifestación convocada en la Plaza Yalé, en Teherán. En esa jornada, que fue conocida a posteriori como el “Viernes Negro”, las cifras oficiales de muertos y heridos fueron inmediatamente puestas en duda. Mientras que el estado hablaba de 86 muertes en total, algunos como el francés Michel Foucault contabilizaron hasta 4000 entre todos los incidentes que tuvieron lugar a lo ancho y a lo largo de la ciudad ese día. Entre las principales reivindicaciones de los manifestantes estaban la abdicación del Shah y el retorno del Ayatola Jomeini, un líder político espiritual que desde hacía 15 años se encontraba viviendo exiliado en Iraq. Las fichas del dominó comenzaron a caer y para mediados de enero de 1979, el Shah escapó hacia Egipto. Dos semanas más tarde, Jomeini aterrizó en Teherán donde fue recibido por 5 millones de personas.

Elevado a la categoría de líder supremo, el Shah anunció la creación de la República Islámica de Irán y declaró que la máxima autoridad del país pasaba a manos del clero. Señalados como el garante del poder del Shah, Estados Unidos pronto fue designado como el enemigo moral y mortal de un régimen ultra conservador. Para noviembre de ese año, mucho había cambiado en Teherán y ser norteamericano equivalía ponerse un blanco en la espalda. Ese mes, 500 estudiantes irrumpieron en la Embajada de Estados Unidos e iniciaron una toma de rehenes que duró más de un año, que tuvo dos intentos de rescate fallidos y que, a la postre, terminaría costándole la reelección al Presidente Jimmy Carter.

Rosas en Gerland

En vísperas del encuentro entre Irán y Estados Unidos, las fuerzas de seguridad francesas contenían el aliento. Semanas antes del inicio del certamen, una operación coordinada de Interpol había desbaratado un atentado terrorista que preparaba una organización terrorista vinculada a Osama Bin Laden, la mente maestra detrás del ataque a las Torres Gemelas en septiembre de 2001. La idea de este grupo era realizar una acción coordinada en varios puntos de Francia durante la jornada del 15 de junio. El primero tendría lugar durante el partido Marruecos – Inglaterra y los principales objetivos serían los ingleses Michael Owen y David Beckham. Mientras tanto, otro grupo armado se infiltraría en la concentración de la selección nacional de Estados Unidos con el fin de asesinar a todo el plantel. Mientras tanto, y aprovechando la confusión, un tercer grupo secuestraría un avión de línea y lo estrellaría en la central nuclear de Civaux, en el corazón del país.

Si bien este macabro plan fue desbaratado, las dudas de lo que podría pasar en este encuentro de alto voltaje político eran muchas. Semanas antes, la Secretaria de Estado norteamericana, Madeline Albright, había pedido a las autoridades francesas un control estricto para evitar que los simpatizantes iraníes ataquen a los hinchas norteamericanos durante el match. Aunque en Irán gobernaba el reformista Muhammad Khatami, el clero seguía siendo quien tenía las riendas del país. La muerte del Ayatola Jomeini en 1989 produjo algunos cambios –entre ellos dejar de considerar al fútbol como un vicio importado de occidente para revalorizarlo como un elemento de utilidad política-, sin embargo su sucesor Alí Jamenei no pretendió desviarse del camino trazado por su maestro. Es cierto que la elección de Khatami como presidente en mayo de 1997 tomó a todos por sorpresa -no se trataba del candidato del clero- aun así, el nuevo mandatario nunca dejó de mostrarse públicamente como un “duro” mientras que detrás de bambalinas mantenían contacto con su par estadounidense Bill Clinton a fin de descongelar la relación.

Para colmo de males, Saddam Husein también buscaba entrometerse. Distintas agencias de inteligencia informaron a los franceses que el dictador iraquí pretendía infiltrar a 7000 manifestantes para protestar en contra del régimen iraní, con el que estaba enfrentado desde la invasión iraquí sobre territorio iraní que derivó en un conflicto armado de casi 8 años de duración y en que Saddam contó con el apoyo del Tío Sam. Y por si fuera poco, también estaban los iraníes exiliados que concurrirían al match para alentar a sus muchachos y, de paso, protestar contra el régimen teocrático que gobernaba su país.

¿Y los jugadores? ¿Cómo se sentían al respecto? Para los iraníes, ya sea por convicción o por conveniencia, este match era una cuestión de vida o muerte. Khodadad Azizi, una de las máximas estrellas del equipo persa declaró que este era el partido de sus vidas: “Estados Unidos nos impuso una guerra de 8 años que le costó la vida a medio millón de iraníes. Hay muchas familias de mártires deseando que ganemos”. De hecho, las autoridades religiosas de Irán les prohibieron a sus jugadores caminar a saludar a sus contrincantes, algo a lo que estaban obligados por el reglamento FIFA. Si deseaban estrechar su mano, debían ser los norteamericanos quienes se acercaran a ellos.

En la concentración del Team USA el clima estaba caldeado, pero no precisamente por el partido. A pedido de FIFA y su propia federación, los jugadores habían evitado realizar cualquier tipo de comentario político. No es errado decir que para el plantel este era un partido más. Sin embargo, la situación grupal no era buena debido al enfrentamiento público entre el coach Steve Sampson y varios referentes del plantel como Alexi Lalas y Tab Ramos. Su decisión de alinear jugadores sin experiencia mundialista en el debut contra Alemania (perdieron 2 a 0) y la no convocatoria del legendario John Harkes para la cita en tierras francesas dejaron expuestas diferencias antes maquilladas.

El día del enfrentamiento finalmente llegó y todo el mundo contuvo la respiración. Ese 21 de junio, el estadio de Gerland en Marsella estuvo completo y cientos de miembros de la prensa debieron sentarse en las escalinatas para cubrir un encuentro futbolístico que había despertado la atención del planeta entero como ningún otro hasta ese momento. La primera sorpresa de la tarde fue el mensaje que Bill Clinton dio a la nación y que fue reproducido en las pantallas del estadio en donde revelaba sus contactos diplomáticos con su par iraní y deseaba a suerte ambos equipos. Pero lo más importante ocurrió cuando ambos equipos salieron al campo de juego.

Los jugadores persas, muchos de ellos afeitados para contrarrestar esa imagen occidental del iraní malvado, llevaban en sus manos un ramo de rosas blancas que dieron a los contrincantes como ofrenda de paz. Una vez entregados los obsequios, ambos equipos y la terna arbitral posaron juntos en una foto que se transformó en una de las más icónicas en la historia del deporte y que significó el mayor avance en la relación bilateral Estados Unidos – Irán desde 1979.

Y después hubo un encuentro en donde los asiáticos ganaron 2 a 1. Ambos equipos jugaron con lealtad y sin regalar ni un centímetro. Cada pelota se peleó como si fuera la última. Si bien los jugadores festejaron de manera efusiva porque se trató del primer triunfo iraní en una Copa del Mundo, nadie era ajeno al valor simbólico de ese logro. Eso sí, cuando el árbitro suizo Urs Meier marcó el final, ambas selección se fundieron nuevamente en un abrazo, intercambiaron camisetas y se fueron juntos a los vestuarios.

Juan Manuel D’Angelo
Twitter: @futboltrotters

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