La relación del “Archu” con Banfield es una novela de amor muy larga que todavía no tiene escrito el capítulo final. Escribe Santiago Núñez.

El pacto familiar solamente se sostenía con una condición. Iban a ir a la cancha mitad y mitad. Dos a la tribuna local, dos a la visitante. Pero ninguno de ellos podía gritar los goles para no alterar la paz social del hogar que encontraba en el clásico del conurbano sur un punto de grieta, un quiebre dificil de sostener.

Fueron al Florencio Sola, entonces, intentando cumplir su promesa. Le tocó ganar a Lanús de visitante 2 a 0, con sendos tantos de un tal Juan Antonio Crespín, por la trigésimo séptima fecha del campeonato de la Primera “B” 1982.

El niño que acompañaba a su mamá, fanática del “Taladro”, vio el partido en la tribuna perdedora pero no fue el resultado lo que lo puso mal. No fue por fútbol que salió de sus casillas. No lo comió la bronca hasta que logró ver en la tribuna visitante a su padre rompiendo la promesa, festejando como loco la victoria del “Granate”.

A partir de allí tomó partido en la disputa familiar, para nunca más volver. Desde ese momento, el pequeño Javier Sanguinetti se hizo hincha de Banfield. Algo que no cambiaría jamás.

Más o menos lo mismo

Javier Esteban Sanguinetti nació el 8 de enero de 1971, cumplió 50 años hace poco y su vida es sinónimo de Banfield. Empezó desde muy chico en la escuelita de fútbol y hoy es el técnico del equipo del Sur, subcampeón de la última Copa Diego Maradona.

Luego de realizar las divisiones inferiores y el fútbol amateur, debutó en el primer equipo en 1989 y fue protagonista del ascenso a la Primera División en 1993. Tal es así que pateó el último penal convertido (luego falló el rival) en la final con Colón en el Chateau Carreras.

Apenas consumado el campeonato se fue seis meses a Racing, en el único momento de su vida en el que jugó en un equipo que no es el “Taladro”. En 1994 volvió y nunca más se volvería a ir. Es decir, jugó 19 años al fútbol profesional (hasta 2008) y se mantuvo en el mismo equipo por 18 temporadas y media. Tiene el récord de máyor cantidad de partidos disputados con el conjunto del sur (485). Un jugador de otra época.

“Es una institución dentro de nuestra institución”, afirma con contundencia Fabian Jersak, conductor radial de “Todo Banfield”, quien cubre en el éter las campañas del equipo desde hace 34 años. El periodista define al “Archu” como un tipo “inteligente, claro y simple” y le da un lugar fundamental en la historia de Banfield, aunque con una particularidad: “Sanguinetti se fue agigantando en base a cosas muy puntuales. No tiene esa aureola de ídolo, de tipo que es figura de los equipos. Tiene la del referente, la del capitán”.

En efecto, el defensor central siempre estuvo. Se hizo presente en el equipo que pisó con decisión la Primera hasta el descenso de 1997. Luego fue el capitán en el ascenso del 2001, ese que tenía las gambetas de “Garrafa” en la final con Quilmes. Se convirtió en referente de un equipo que clasificó a la Libertadores y llegó a instancias decisivas de la misma (2005). Se retiró un año antes de convertirse en ayudante de campo de Julio César Falcioni y ganar el Apertura 2009.

Acompañó en el trabajo al “Emperador” luego en Boca, All Boys, Universidad Católica (Chile) y Quilmes. Luego tuvo sus primeras experiencias como entrenador en Sol de América  (en 2016 y 2019) y Sportivo Luqueño (2017-2018), ambos de Paraguay. Volvió a trabajar con Falcioni en Banfield y en 2020, en plena pandemia, agarró el equipo que terminaría obteniendo el subcampeonato.

“Javier une generaciones y une etapas. Hoy tiene muchos jugadores que tienen la edad de su hijo y cuando él jugaba no era papá”, sostiene Jersak. Única persona en ganar tres títulos con la institución, dos como jugador (1993 y 2001) y uno como integrante del cuerpo técnico (2009), Sanguinetti se ha convertido en un espejo de la historia de su club: en los últimos tiempos buena parte de lo que le pasó al “Taladro” le pasó al “Archu” y viceversa.

Por eso a veces parece que fueran lo mismo.

Una mano levantada

La transmisión, un tanto borrosa en tiempos analógicos, no alcanza a mostrar si aprieta el puño o simplemente señala, pero lo cierto es que el aguerrido defensor levanta su mano en dirección a su gente.

No es para menos. Segundos antes la clavó abajo para que la pelota se meta en la red besando al palo y  Banfield se puso arriba en el “mata-mata” de una tanda de penales que ya superó los cinco iniciales. Un minuto antes Colón desperdició su “match point” con un penal a las manos del arquero. Más minutos antes se terminó el tedioso alargue que no pudo romper el cero con el que los del Sur y los “Sabaleros” habían empardado en el Chateau Carreras.

Días antes los partidos del Campeonato Nacional B 1992/1993 se terminaron sin que banfileños y santafecinos tuvieran diferencia en la puntuación, al culminar el certamen con 56 unidades cada uno, y, como decía el reglamento, el destino los sentenció a jugar una final por el ascenso. En 14 de los 15 años anteriores Banfield estuvo en la B.

No era para menos, entonces, su alegría y su mano levantada. Lo que no conoce aún es que segundos después Colón volverá a errar y él no solamente ascenderá a la “A” por primera vez en su vida sino que va a quedar en la historia como el que pateó el último penal.

Sanguinetti no sabe que va a ser ese Sanguinetti que terminó siendo. Pero estaba, al menos unos segundos y con su mano levantada, muy feliz.

Una camiseta negra que decía Diadora

Vino el centro, el universo completo de hinchas y televidentes creyó que el capitán la desvió y la pelota fue al fondo de la red. Sanguinetti volvió corriendo para atrás festejando un gol que en realidad había sido en contra pero que para toda vida será suyo. El Florencio Sola explotó por completo y el Instituto del “Tata” Martino, que parecía que goleaba, empezó a ver en ese descuento el principio del fin. El “Archu” arengaba al mundo banfileño no como aquel que hace un gol inolvidable sino como aquel que ostenta el talento imprescindible de aquellos que nunca se rinden. No hay nada como ganar cuando parece que uno pierde.

Aquel equipo épico de Ramón Mané Ponce que llenó del fútbol la arena Bonaerense encontró uno de los pilares del ascenso y de sus 22 partidos invictos a la solidez defensivas: fue la segunda valla menos vencida de los 30 equipos del nacional (divididos, en aquellas épocas, entre “Interior” y “Metropolitana”). La base fue una defensa de tres que tenía al “Archu” como líbero (o último hombre) y guardián final del joven Cristian “Laucha” Lucchetti. Luego había un lugar para un mediocampo dinámico (Santa Cruz, Leiva, Del Río, Giménez); y una mezcla casi insuperable de astucia y magia de José Luis “Garrafa” Sánchez (acaso un Bochini pero zurdo y del Conurbano Suroeste) que asistía a la dupla Carlos “Gatito” Leeb – Rubén “Yagui” Forestello. Sanguinetti, obvio, era el capitán.

Luego de quedar segundo por detrás de Quilmes en la tabla general fue a jugar el Reducido Cuadrangular por el ascenso. El primer contrincante fue el Instituto del “Tata”, que tenía como principal figura al goleador del torneo Daniel “Miliki” Giménez. El conjunto cordobés (que tenía ventaja deportiva, es decir, se clasificaba a la final con un empate en la serie completa) se fue al entretiempo del primer partido en el Florencio Sola ganando 2 a 0 con una superioridad futbolística abrumadora. Sin embargo, con el descuento de Sanguinetti (o gol en contra) ni bien empezado el complemento y un empate agónico de Leeb, los del Sur se irían a Córdoba en pardas.

La vuelta requería una victoria de visitante que el conjunto de Mané conseguiría un triunfo por 2 a 1 con un gol de penal de “Garrafa” a 8 minutos del final. Sánchez hizo lo que “Miliki” no logró: el centro delantero de la “Gloria” malogró un tiro desde los 12 pasos que podría haber significado la clasificación para los de Martino.

Y luego ya sí, en una historia más conocida, la final contra Quilmes, con un desempeño colectivo impresionante y un “Garrafa” descomunal, para ganar 2 a 1 y 4 a 2 contra el “Cervecero” de Alejandro “el Chori” Domínguez y Adrián “el Máquina” Giampietri. Para la historia queda el fútbol, el festejo, la gloria divina de esos muchachos que pasaron a la historia de Banfield con una camiseta negra que decía “Diadora”.

Sin embargo, lejos de la espectacularidad, hubo un grupo de muchachos que tuvo que afrontar dificultades muy serias desde abajo. En la pretemporada en Santa Teresita, cuando les comunicaron que el pase de “Garrafa” Sánchez a Corea no iba a concretarse y por ende no había plata para los sueldos, los jugadores con Sanguinetti a la cabeza se juntaron.

El capitán planteó, palabras más, palabras menos, las alternativas. “O nos vamos, o salimos campeones y vamos a agremiados”. Eligieron bien. No hay nada como ganar cuando parece que uno pierde.

Mirar para atrás

Quiso retener la pelota para ganar un corner o, al menos, un lateral en ataque. Pero la picardía de un jugador de selección como Javier Mascherano, que se le apareció por detrás y le hizo rebotar la pelota cuando ya había pasado el minuto de descuento no le permitió conseguir su objetivo. Eso hizo que Javier Sanguinetti tuviera que volver a la mitad de la cancha y mirar desde atrás la primera escena romántica de la historia de su club en la Libertadores: luego de mil choques, rebotes y un centro de Daniel Bilos, el delantero Diego Ceballos definía con la parte externa del botín derecho y la pelota se iba apenas por fuera del palo del arco que defendía Franco Constanzo.

Aunque, en realidad, la frase utilizada es un poco injusta. Porque “mirar desde atrás” es otra cosa. Es empezar en un fútbol que perdía contra Deportivo Italiano o que no clasificaba al Reducido  y ahora transitar las rutas y los aromas latinoamericanos. Es el camino imaginario que hay entre luchar por ascender y viajar a México o eliminar a equipos como Independiente Medellín. Es la diferencia entre la mitad de tabla o un noveno puesto del torneo de Segunda División a los Cuartos de final de Copa Libertadores. Es pasar de soñar con una vuelta a primera a plantarse contra un gigante de América en su cancha.

Por eso, cuando el capitán Javier Sanguinetti declaraba para el sitio oficial de la CONMEBOL, en una nota titulada “Banfield: el pequeño que busca hacerse grande”, antes de jugar la vuelta contra River de la Copa en 2005 (1-1 la ida) que “cuando empezamos, alcanzar la Libertadores era una utopía. Hoy, es un sueño con fundamentos”, en realidad hablaba de otra cosa. Opinaba sobre su vida. O sobre la vida de Banfield, que es más o menos lo mismo que su vida.

Y cuando un grupo de 11 jugadores con camiseta naranja estuvieron a centímetros de eliminar a River en su cancha, comprobaron en la derrota que eran un grupo de gente dispuesta a cumplir epopeyas. Como la de pasar de B a la Libertadores sin escalas.

Por eso, ese equipo era el Banfield de la utopía. El de la Copa. El de Sanguinetti.

Javier y Julio, entre bares y teléfonos

-Javier, ¿tenés ganas de trabajar? – preguntó la voz dirigencial del otro lado del teléfono.

-Sí, sí, Justo le di mi palabra a Julio – respondió quien tenía todavía el roce de jugador y, aún, no había sido técnico.

-¿En serio? ¿Y Julio no querrá volver?

-No se, la verdad. Pero mirá que nunca me insinuó nada de Banfield.

El dirigente le pidió unos minutos para hacer unas consultas. Cuando el teléfono sonó de nuevo, ya el jugador se mostraba ansioso. Al menos un poco. O más de un poco.

-Mirá es el combo ideal. Vos de asistente y Julio de entrenador – entonó de vuelta la voz de semblante institucional.

– No sé si va a querer. Pero lo llamo.

….

-No Javier, no. Te lo digo, tenemos a Independiente cerrado – sostuvo y sorprendió el técnico, que hasta ahora no le había anticipado a su futuro ayudante de campo.

-Te acompaño a donde sea, lo sabés. Te di mi palabra. Pero vos sabés lo que sos acá – dijo el joven ex jugador, que cuando habla de “acá” se refiere al club de los amores de ambos.

-Sabes cómo terminé con el presidente…

El futuro ayudante de campo, quizás sin saberlo, ya se había convertido en un protagonista. Sabía que por teléfono la cosa estaba difícil, pero que si invitaba al técnico a tomar un café a la casa y a fumar un cigarrillo en el garage, las pocas chances del móvil podrían revertirse.

-¿No nos van a cagar de vuelta? – pregunta Julio, en un interrogante que indudablemente era difícil de responder.

-Mira yo creo que tienen ganas…

Javier empezaba a ganar la pulseada que no sabía que iba a pelear esa tarde. Luego de una charla logró su objetivo. Cazó el teléfono y alegró a la voz dirigencial:

– Julio quiere reunirse.

Sin saberlo, la vida de miles de personas empezaba a cambiar.

….

Cuando entraron al bar había un clima de tensión. Julio se sentó del lado del ventanal para fumar, pero se vio rápidamente sorprendido por la seguridad que se mostraba del otro lado:

-Usted va a ser el técnico. ¿Cuándo quiere empezar?

Julio se queda estupefacto. Abre los ojos y mira a su costado. Cuando baja un poco la intensidad, pide hablar en privado con su futuro ayudante.

-¿Qué hacemos? – preguntó

-El técnico sos vos- La respuesta no era original pero sí bastante pertinente-. La diferencia es que en Independiente vamos a tener seis meses y acá quince…

Julio pensó unos segundos.

-¿Vos tenés ganas? – Preguntó Julio, cuando ya a esa altura el que se moría de ganas era él mismo.

-Sí – sostuvo, con firmeza, el ayudante.

A los dos días, Julio César Falcioni y Javier Esteban Sanguinetti empezaban a trabajar en la dirección técnica de Banfield. Uno como entrenador y el otro como ayudante. Nueve meses después serían campeones del Apertura 2009, hasta hoy el único título profesional de la institución. Qué hubiera pasado si Sanguinetti no recibía casi de casualidad esa llamada en una tarde de 22 de marzo y no hubiese trabajado para convencer a su futuro jefe nunca se sabrá. Y es algo que, en el fondo, tampoco importa.

El Deté

Lo que está permitido y lo que no dentro de un esquema futbolístico remite a parámetros variados y variables, es decir, a reglas más estrictas o más flexibles basadas en planes que en un verde césped deberán llevarse adelante y que vertebran lo que luego 11 jugadores deberán practicar dentro de un campo de juego. Lo que sabemos de muchos casos (y el de Sanguinetti es uno) es que no se permitirán a ellos mismos abandonar una idea base que establezca los conceptos principales.

Para el “Archu”, devenido en técnico de su amado Banfield, había puntos claros. Orden, equilibrio, solidaridad. “Entender las facetas del juego según lo que te exija el partido”, declaró en una entrevista previa a su debut en el programa “Todo Banfield”, en una entrevista que fue reproducida en nuestro portal. Un equipo al que el pragmatismo no le impide tener una idea clara, que tiene a la defensa y el ataque en bloque, la velocidad para el retroceso y el repliegue,  el armado de sociedades por los costados y la capacidad conceptual y material de ocupar espacios como principios fundamentales de una estructura exitosa.

Valor para sostener a jóvenes del club (8 de once titulares son de las arcas del club y tienen menos de 25 años), para marcar distancia frente a la indisciplina (caso Daniel Osvaldo) y para bancarse en la suplencia a jugadores consagrados (Dátolo, Gutiérrez, etc) complementan un equipo tan valioso como potencial. Con el presente como subcampeón pero el futuro con laureles por venir.

Jersak considera que la dirección técnica del “Archu” tiene algunas características fundamentales. “Hay una palabra que define: pragmatismo. hay que interpretarlo bien, lógicamente. Está lejos Javier de ser un fundamentalista. Quiere jugar de una manera y entiende que hay que hacerlo pero también se adapta a otras circunstancias. Este equipo, por ejemplo, que tuvo más tenencia en los amistosos, hoy se convirtió en un equipo más directo. Sin embargo, no se puede decir que no toca la pelota porque, por ejemplo, en el partido con River hace un gol para empatar con 17 pases. Es decir, tiene bagaje el equipo”

A su vez, el periodista recuerda la importancia del cuerpo técnico en su conjunto para tener este presente y cómo apostaron al proyecto de Sanguinetti. “Ramiro Loguercio hace la pretemporada del plantel de Coquimbo. Él y Lucas (Rivas, que trabajaba en Curicó Unido) tuvieron que hacer cosas que nadie se imagina para volver de Chile en plena pandemia. Se la jugaron con Javier”. A su vez, Jersak afirma que algunas cosas que hoy están a la vista, ellos las observaban en detalle desde antes.  “Javier y el profe Ramiro me hablaban de una base joven pero con mucho recorrido de partidos en primera y que, en base a esa media, la dinámica y la intensidad iban a ser puntos altos”

Sanguinetti, que tuvo que empezar a diagramar su Banfield en la pandemia como “primer entrenador”, logró puntos altos en los últimos meses.

Primero, solidez defensiva con un seguro Arboleda y una línea de cuatro con impronta y buena salida por los costados con Coronel y Bravo.

Luego, un triángulo en la mitad de la cancha con Jorge “Corcho” Rodríguez como vértice más retrasado, con dos interiores por delante. Por derecha, Martín Payero, una de las figuras del equipo, que le brinda destreza, conducción y desequilibrio pero también al Taladro. Por izquierda, Giuliano Galoppo, el que marca la posición del equipo en el campo.

Más adelante tiene dos puntas, casi extremos. Cuero, que con velocidad y potencia brilla con aires de distinto (como lo definió el amigo Lucas Jiménez, un jugador “en modo Joffre Guerron Liga de Quito 2008”) , y Bordagaray, de aporte en desequilibrio ofensivo y buen retroceso. Ambos buscan asistir a Fontana, centro delantero con más picardía que físico, con más diagonales a la espalda de los centrales rivales que pelotas aguantadas de espalda.

Un equipo dinámico y prometedor que con 21 goles a favor y 12 en contra en 12 partidos llegó a la final de la Copa. Pero, lo más importante, estableció una impronta propia impregnada de Sanguinetti que generó ilusión y felicidad.

Está permitido soñar. O, como dice el el cartel del vestuario local del Florencio Sola: “Todo está permitido, menos dejar de luchar”. 

Sanguinetti siempre será como ese niño

Es 1979. Los pibes del barrio se tienen que inscribir en la escuelita para empezar a jugar. Se anotan en esta ocasión por una cuestión de edad los de la categoría 70. Él es un año más chico pero igual va, con picardía para engañar pero más por convicción de saber que no es menos que nadie.

Falsea el carnet y no lo descubren o lo hacen pero no les importa. Arranca a jugar. No era capaz de esperar otro tramo sin sentir la camiseta.

Quizás no lo sabía, pero ya a los 8 años Javier Esteban Sanguinetti estaba enamorado de Banfield. Y eso nunca iba a cambiar.

Santiago Núñez

Twitter: @santinunez

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